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LA ULTIMA TRANSFORMACION
DE GREGORIO SAMSA
Por Mercedes A. Villaman

BOLETO - Lotería del Estado de España: LOTERIA NACIONAL DE NAVIDAD – S.E. Loterías y Apuestas Del Estado
Ese jueves 27, de 1989 Gregorio Samsa se despertó no queriendo ir al trabajo. Era el mismo desgano que sentía desde que estaba en primer grado, después de dos meses de estarse despertando a las seis y media de la mañana, por la dulce voz de su re-que-te cansada madre que necesitaba prepararlo a él y a su hermanita para llevarlos a la acera, un beso rápido en las mejillas, y un dedo sermoneador, -¨esperen el bus sin moverse de aquí, no hablen con extraños y cómanse todo su desayuno de la escuela¨. Y se iba corriendo hasta la esquina justo a tiempo para alcanzar el autobús que la llevaría a la fábrica donde ella empujaba piezas de metal en la ranura de una máquina que luego escupía en forma de botones parecidos a monedas que otras mujeres recogían. Botones que adornarían chaquetas de cuero, jeans, uniformes militares. Plateados, de cobre, de bronce.
Después del segundo mes sin canciones, sin esteras de siesta, y sin círculos para contar cuentos, como en el kindergarten, Gregorio Samsa comenzó a sospechar que la vida iba a ser un constante vigilar el reloj en la pared y un por siempre esperar a que sonara la campana. Aún no había aprendido a leer la hora, pero había aprendido cuando iba a sonar, y miraba y miraba a los dos palitos moverse lentos hacia los números del sonido de la campana.
Entonces los llevarían a la cafetería, a pasar más tiempo mirando el reloj, hasta que el maestro de educación física les ordenara alinearse para subir al autobús. A casa de misis Holland a esperar a mamá y por fin, a casa. Cenar en la mesita de la cocina y a hablar con papa por teléfono. ¨Niños papi viene este fin de semana. Tiene una entrega por aquí cerca.” Un padre conductor de camiones ahorrando cada centavo sudado y sangrado “para sacarnos de aquí”. La tarea escolar, la cantaleta de la madre cansada tratando de ayudar con lecturas y frases vacías. Y entonces, “Tesoro a cepillarse los dientes y a rezar.”
¨Ya es tarde para cuentos, a dormir”.
Mi hermana siempre lloraba por un cuento, porque era una nenita de prekínder, pero yo no. Gregorio era un chico grande, nada de llanto. Pero no perdía la esperanza de que mamá cediera y nos contara uno acerca de un papá que conseguía un trabajo bien bueno, en una fábrica grande cerca de la casa, con una paga súper grande, y un jefe chévere. Y que ese papá tenía un hijo, y un día que fueron de cacería, encontraron un tesoro en el bosque. Un cofre repleto de joyas y piedras preciosas, y monedas de oro. El papá y el niño regresaban a casa con esa sorpresa y la madre y la hermanita bailaban de alegría, llamaban a los parientes y amigos y compartían el tesoro con todos ellos. Porque a veces había un mapa en el cofre que
conducía a una mina de oro, y todos ayudaban. Y con el oro compraban tierras, casas, autos, y también la fábrica donde trabajaban.
Gregory siempre soñaba sueños buenos cuando se quedaba dormido oyendo esos cuentos. Hasta el otro día.
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“Cariño, ya es hora de despertar.”
Hoy, él había estado despierto hacía ya como casi una hora, escuchando, después que su esposa detuvo la alarma del reloj y se fue al baño. Luego la escuchó en la cocina, poner la cafetera, abrir las loncheras de los niños, la puerta de la nevera, arrastrar una silla y sentarse a tomar su taza de Chock Full O’Nuts. En unos minutos asomaría la cara por la puerta de la habitación y le
“Amor, ya es hora de”
Él no quería terminar como su padre. Vida de camionero. Siempre en la carretera. Lejos de su familia y de sus amigos. En la carretera. Muerto en la carretera como un armadillo. Él no fue el que se quedó dormido al volante. Fue el otro camionero el que se durmió guiando y se le vino encima por allá por Amarillo, Texas. La compañía de seguros intentó hacerle trampas para quitarle a su madre de lo poco que la póliza pagaba. Les sobró suficiente para comprar un Suburban bastante usado, pero con buen motor, una casita sencilla y un pedazo de tierra en “Sunny Meadows- A Modern Mobile Homes Community”
Gregorio quiso imaginarse que su padre estaba haciendo uno de esos recorridos largos sin fines de semana hasta Navidad. Cuando llegó la Navidad odió a los camiones de carga con todo su corazón.
Se acostumbró a la escuela. Aprendió como mejor pudo. Hasta que los maestros comenzaron a hablar de carreras, oficios, el futuro, los exámenes para entrar en la universidad, aprender una destreza. Y un día un reclutador vino.
“Sean todo lo que pueden ser”.
Él había visto el cartel en la oficina de Las Fuerzas Armadas, en el centro comercial. Algunos amigos se iban a la marina. Sus padres ya les habían firmado la autorización. Le dijo al reclutador que él quería irse con la marina, como sus amigos. Pero el hombre con el uniforme le dijo que si firmaba para el ejército recibiría un cheque de bono y muchas garantías para el futuro.
Gregory pensó que la marina era mejor. El uniforme más elegante. Estar en un barco y todo eso. Un marino. Sin camiones ni carreteras. El mar y un barco. Uno grande como el del cartel del centro de reclutamiento. Y también le daban un cheque de bono por firmar antes de terminar la escuela secundaria. Su madre estaba tan orgullosa y su hermana también. Se comenzó a sentir como un hombre.
“Greg, querido”. Su esposa le puso la taza de café en la mesita de noche. “Despieeerta y hueeele el cafeeé”. Dijo con voz cantarina y salió hacia la habitación de los niños.
Lizzie siempre lloraba. Gregory junior siempre decía “ya deja eso”, cuando la madre se acercaba a la cama a decirle “pan de azúcar, hora de prepararse para la escuela.”
Sale a su padre. Pensó Gregorio descubriendo a una cucaracha trepando por la pared en su lado de la cama. Se había volteado de espaldas a la puerta para cobijarse de la luz del pasillo y de las miradas intrigadas de su esposa.
Esa cucaracha seguramente había estado caminando por su cama esa noche. Tal vez por eso tuvo pesadilla. Aunque no era la primera vez que se soñaba con cucarachas. Esa noche se soñó que una cucarachita minúscula lo devoraba, se lo tragaba y se convirtió en él, de su tamaño. ¡Así, grande! En el sueño no podía moverse porque no sabía caminar con todas esas patas espinosas y temía que iba a terminar sus días panza arriba sin comida ni refugio.
Despertó con un escalofrío inmenso que le recorría todo el cuerpo. Si no hubiese sido porque se sentía tan casado, hubiese despertado a Hellen. Pensó en acariciarle la espalda, pero los dedos de sus enormes manos estaban tan tiesos y callosos que le volvió a la memoria las patitas erizadas de las cucarachas y decidió mejor ir al baño a orinar.
“Si sigo en ese trabajo me voy a volver cucaracha”. Pensaba haciéndose bromas de espanta-niños. Pero cuando regresó a la cama no lograba reconciliar el sueño y por un rato se quedó pensando que algunos trabajos podían convertir a la gente en cucarachas. -Gregorio, no te metas en ese callejón- otra vez se dijo como en broma. Y por un segundo recordó que esta no era la primera vez que se hacía chistes sobre su trabajo y las cucarachas.
Cuando él estaba en la marina, la única vez que pisó un barco fue para ayudar con una plaga de cucarachas. Esas hijas de puta eran de esas chiquititas que se escurren más rápido que una sombra. Estaban por donde quiera y como quiera. El barco, se decía que las habían recogido en Corea y se multiplicaban como los mimes. La tripulación tuvo que ponerse mascaras higiénicas y barrerlas con
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escobas. Gregory se estremecía al mirarlas, sentía que la piel se le erizaba tanto que parecía que iba a reventar de tan solo pensar que las malditas se trepaban en los camastros de los marinos y les caminaban por el pecho y la cara, y que las encontraban en las gavetas de la ropa interior, y en sus cepillos de dientes. Al final todas terminaron patas arriba igual que los cucarachones de los apartamentos y casas rodantes de su vida.
El aroma del café iba perdiendo contundencia, ya se le había disipado el vapor.
Como una toalla de playa tendida en la arena dorada de Puerto Rico, los recuerdos de Roosevelt Roads valían unos minutos más bajo la tibieza de las cobijas. En las barracas había cucarachas de esas de humedad. De esas grandes y gordas que suenan como un chicle bomba cuando uno las pisa. ¡Pop!
Volvió a meter la cabeza bajo la cobija.
Cuando era chico, su madre compraba moteles para cucarachas. El anuncio de la tele decía, “se registran al entrar, pero no se pueden registrar para salir”. Él y su hermana aprendieron a no tenerles miedo ni asco. Suprimir la repugnancia hasta que se convertía en sadismo. Crueldad a los animales. Eso le llamaría la gente si fueran mariposas. Pero no lo eran. Se trepaban en la mesa mientras todavía cenaban. La madre tenía que estar siempre alerta, vigilando el piso y revisando debajo del tope de la mesa donde se escondían esperando, asechando por el olor a comida. Por eso su madre no quiso traer ninguno de esos muebles a la casa nueva. Todo lo que llevaron tenía que estar libre de la posibilidad de cucarachas. Aun así, de vez en cuando aparecía un espécimen patas arriba con la panza al aire, pataleando. Agitando sus patas flacas y espinosas sin esperanza de salvación y cualquiera que la descubriera tenía el deber y privilegio de cortar un pedazo de papel sanitario, levantar al invasor y desaguarlo en el inodoro.
Para Gregorio el invierno no era el de la canción de los alegres cascabeles y deslizarse cuesta abajo en un trineo. El apartamento, la casa, la caravana o lo que fuera donde estuvieran viviendo, siempre se ponía sofocante y hoy se sentía el olor a beicon, rancio ya por el tiempo que hacía que lo habían cocinado. Había que rociar el aire con Lysol y alrededor de la estufa con insecticida. Tal vez él era alérgico a esas cosas, o a lo mejor esas cosas eran tóxicas. En la fábrica hablaban de cosas tóxicas, sustancias que podían venir en los materiales con los que hacían ladrillos. Gente se estaba enfermando en algunas fábricas por respirarlas o tocarlas. Era como si fuera un veneno. Tal vez se sentía tan aletargado por la humedad y la calefacción secándolo todo, quemando las bolas de polvo, pelusas que se movían de un lado para otro para terminar amontonadas debajo de la cama.
“Greeeg!!! Amor, ya vas tarde. ¿Has agarrado algún virus o algo? Me voy, tengo que llevar a los niños. Tu desayuno está en la mesa.”
Por lo menos las cucarachas estaban bastante mansas por las fumigaciones con el insecticida nuevo. No eran tan rápidas como esas otras. Pero el sueño de las cucarachas. Aquella cucaracha estaba viva. Con ese olor que tienen, ese olor que salía de las alacenas y de debajo de las losetas de vinil del cuarto de baño. Un olor embotellado en una casa con las ventanas cerradas por el largo invierno de Ohio. Por eso era que, a Gregorio no le gustaban las avellanas. Su olor les recordaba el olor el de las cucarachas, como si estuviera mordiendo una.
“Bueno, voy a llegar tarde. Ya sí que de verdad estoy tarde.” Día va y día viene fabricando ladrillos y más ladrillos para gente que tendrían casas bonitas con paredes sólidas y ventanas bastante grandes que dejaban entrar buena luz. Pero ese sueño que tubo esa noche. Esa cucaracha le parecía familiar, como si fuera posible reconocer a un insecto. Era un viejo sueño. Estaba seguro. Virándose bajo las mantas, con cuidado porque temía que una cucaracha - la cucaracha- estuviera todavía por ahí. Gracias a Dios que no era fóbico. Eso era un lujo prohibido. Además, ya estaría curado con todas esas aventuras y encuentros cucarachiles de su vida. Pero a veces, como ahora, sentía el peso de la carga, como un viejo recuerdo de opresión que no le facilitaba dejar la cama. Su cuerpo, muscular y regordete de cargar ladrillos y comer hamburguesa con la ocasional cerveza, tenía una aspereza de coraza como si le hubiesen vertido un caparazón mientras dormía. Esas eran las mañanas de lentitud, de tropezarse con los muebles, de desplazarse por las habitaciones escurridizamente. Si el fuera una cucaracha, ya estaría en la cocina. El desayuno estaba servido.
En el sueño la cucaracha se lo tragaba. Una pequeñita pero que se ponía gigantesca, de tamaño humano. Como esas cucarachitas del barco.
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Todavía Ohio no se había enterado de que la primavera había llegado hacia una semana. Con aquel frio que hacía era natural recordar aquel tiempo en La Isla. Aunque con un poco de culpabilidad porque él no se arrepentía de haberse casado con Hellen. Ella fue quien estuvo ahí, esperándolo, cuando el regresó de la marina. Y la que después de la boda no le importó los largos meses sin un trabajo estable. Cuando completó sus dos años con la marina a su regreso lo recibieron como a un héroe, aunque nunca vio ni un segundo de combate. No hubo helicópteros volando sobre el blanco para que el saltara, ni cayó en trincheras fangosas, ni balas silbándole por sobre la cabeza, ni bombas estallando a su alrededor. Agridulce porque nunca estuvo en peligro. Pero su madre le apretaba la mano y le decía que su padre hubiera estado orgulloso de él. Mamá abrazándome como si yo hubiese regresado de la guerra o algo así. Yo me sentía orgulloso de las barracas que ayudé a construir. Por así decirlo. Por lo menos aprendí un oficio.
“Te tengo una conexión en la fábrica.” Mamá me volvía a besar la mano que no había soltado. “Tú solo tienes que llevar los jeans a las tiendas. Los vendes al por mayor. La paga es más mejor.”
Cuando Víctor me dijo que viniera temprano me sorprendió que el lugar estuviera lleno de gente tan activa, casi corriendo hacia la derecha, hacia la izquierda, desapareciendo por puertas y corredores.
“Ahí está el hombre.” Me dijo apuntando con disimulo al hombre que llevaba pantalones kaki y camisa marrón. En la oficina polvorienta, el escritorio estaba sepultado por pilas de papeles acentuadas por la luz macilenta que entraba por un ventanuco. El hombre produjo de algún lugar un tablerito con un formulario y un bolígrafo, para que lo completara con mi nombre, y todos los números de mi vida incluyendo mi peso.
“Firmar aquí.” Yo ya sabía lo que tenía que hacer. Tenía práctica de sobra. En esos últimos tres meses ya había completado como cincuenta de esos.
Yo había conocido a Víctor en el club de los veteranos.
“Ladrillos.” Me dijo. “Ladrillos, y nada más que ladrillos.”
Yo no tenía ni idea sobre el asunto de hacer ladrillos, pero él me dijo y yo escuché. No me volví a recordar de eso hasta que comencé a sentir que la vida me iba a dar una vuelta que me iba a poner en un mundo donde la gente no tenía donde vivir, ni comida ni familia. Ese día lo vi saliendo del supermercado con un carrito repleto de bolsas con comida y “claro que sí que te puedo conectar. Ven mañana temprano.”
Al entrar a la fábrica vi el reloj y las tarjetas de ponchar. Entrada y salida. A eso iba todo el mundo con tanta prisa. Todos sabíamos que hacer. Y lo hacíamos sin perder tiempo. Nada de detener la fila con conversacioncitas. Sacar tu tarjeta del tarjetero, en orden alfabético, lado izquierdo, meterlas en la ranura del reloj. ¡Clank! Sacarla y devolver a colocarla en al tarjetero al lado derecho. A la salida, ponchar ¡Clank! Y devolverla al lado izquierdo.
Tenía que salir de la cama. El teléfono había sonado ya quince veces. Cinco por cada llamada. ¡Dios, ni siquiera son las ocho todavía! Dijo al tercer ring-ring, y sintiéndose por un instante dueño y señor de su día, sacó un brazo de entre las mantas y desconectó el teléfono de la mesa de noche. En vano. El de la cocina estremecía la casa desde su pedestal en la pared. Y el de la sala con la maquina contestadora se oía repiquetear con un microsegundo de retraso ri-ring. Bueno, ser mánager de planta tenía sus responsabilidades. Había que dar buen ejemplo, tomar ciertas decisiones. Podía llegar tarde un jueves, un jueves en todo un año.
“¿Qué rayos estará pasando ahora?” balbuceó mascullando sin animarse a renunciar a la tibieza protectora de las mantas.
Lo que Gregorio quería –lo que el soñaba – era con tener su propia compañía de construcción. Servicios residenciales y comerciales. Construcción sólida y limpia. Residencias para vivirlas y dejárselas en herencia a los nietos. Edificios bellos y seguros. ¡¡Ring-ring!! Cinco timbrazos más. Seis. Al séptimo, pausa.
“¡Greg, Greeeg! La voz de Víctor desde la contestadora.
“Hey Greg!”
“Greg, saca tus nalgas de la cama y tráelas a la cafetería.”
Alberto y su hijo Jim.
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“Gregorio, cariño. Ven que te estamos esperando.” Esa era la voz de Su esposa. Algo grande. Estaba pasando algo grande.
“Levántate cabrón. Ni te afeites.”
“Apúrate, hombre.” ¿Butch y Nancy?
Gregorio Samsa se sentó de golpe en la orilla de cama buscando en vano las chancletas con los pies, mientras levantaba el receptor del teléfono desconectado que soltó en seguida para correr primero hacia el baño por costumbre y necesidad, pero no.
“Cabrón, contesta el teléfono.”
“¿Ya saliste? Ven directo a la cafetería.”
Llegó al teléfono de la cocina y lo arrancó de un manotazo – olvidando las ganas de orinar- rogándole a Dios que no fuera un incendio, alguien herido. Muerto- Pero todos sonaban como si
“¿Qué carajo está pasando? What the fuck?”
Entonces escuchó la voz de Alberto esparcirse por toda la casa desde la bocina de la contestadora en la sala, y por el auricular junto a su oído, por todo su cerebro, dendritas, neuronas, lóbulos, la espina dorsal, músculos, corazón a galope, garganta anudada, boca seca, por los ojos nublándose de lágrimas, mano apretándole la punta del pene para aguantar los orines, rodillas esponjosas que flanquean, nalgas que encuentran una silla.
“Hijo de puta, nuestro tiquet. Salieron Todos los números. Tenemos el premio”
